Jorge Molina Sanz
Agitador neuronal
jorge@consultech.es
El viejo marino apura el café y deja caer:
—Nos dijeron que el teletrabajo era el futuro. Ahora Bruselas nos lo pretende imponer. La pandemia alteró nuestros hábitos y abrió la puerta a decisiones que, bajo la presión de la emergencia, se consolidaron sin un análisis riguroso. El teletrabajo, en aquel contexto, permitía mantener la actividad en un momento crítico. El problema es convertir una herramienta excepcional en un modelo estructural y regularlo con carácter general.
Hoy el debate ya no es si el teletrabajo es posible, sino de si es eficiente en todos los ámbitos. El FMI advierte queel trabajo en remoto mejora la productividad en tareas individuales o de baja interacción, pero esa mejora desaparece —e incluso se invierte— cuando el trabajo exige coordinación, creatividad, supervisión o toma de decisiones compartidas.Matices que no coinciden con el discurso político y las intenciones de la UE.
Los datos apuntan en la misma dirección. Diversos estudios académicos —MIT, Stanford o el National Bureau ofEconomic Research— sitúan mejoras de productividad en torno al 10–15 % en trabajos repetitivos o individualizados, mientras que en entornos colaborativos complejos se registran caídas de hasta el 20 % en tareas significativas. La innovación, la creatividad o la resolución de problemas es más compleja en compartimentos estancos si requieren contacto e intercambio.
La joven profesora precisa:
—Es un error de base tratar el teletrabajo como un modelo universal sin matices. Funciona en determinados sectores, pero eso no se puede extrapolar de forma generalizada y sin análisis de costes que, no siempre son visibles al principio.
En abstracto, todo es razonable, pero el problema surge cuando estas medidas de flexibilización laboral setransforman en normas y propuestas desde la Comisión Europea, como ese día semanal de teletrabajo del que se habladesde la UE, pero la economía real no funciona por directivas del DOUE comunitario, aunque nos implique a todos.
Las empresas lo han entendido pronto y han corregido el rumbo hacia modelos híbridos desarrollados o con la vuelta parcial o total a la presencialidad, para mantener la eficiencia y evitar la pérdida de productividad cuando se trata deequipos complejos de difícil coordinación o para evitar una erosión progresiva de la cultura corporativa.
Donde el problema adquiere una dimensión preocupante es en la Administración pública. No se habla de productividad interna —que generalmente no se controla—, sino de las consecuencias para la atención al ciudadano. La pandemia ha servido, en muchos casos, como coartada para consolidar un modelo en el que no se ha evaluado con rigorsus consecuencias.
El marino frunce el ceño:
—En el ámbito privado, normalmente, si las cosas no funcionan, se corrigen y si no se hace se pagan las consecuencias, pero en la Administración, las malas decisiones tienden a perpetuarse. «No es magia, son tus impuestos».
No hay evaluaciones concluyentes, pero la experiencia cotidiana del teletrabajo en el sector público señala un deterioro evidente, en pocos años, de la atención al ciudadano. Empezando por la cita a través de internet —con plataformas que se cuelgan—, una mayor dificultad para acceder a servicios, con retrasos para citas, lentitud tediosa para cualquier trámite y un exceso de burocracia.
Sin demonizar a los empleados públicos, pero se debe señalar que, en la era récord de recaudación fiscal y con el mayor número de funcionarios de la historia, afloran problemas graves organizativos, procesos obsoletos y un modelo decimonónico que exige cambios profundos.
Teletrabajar no consiste en trasladar el puesto de trabajo al domicilio, requiere rediseñar procedimientos, consistemas de control eficaces para garantizar que los servicios no se resienten.
La joven profesora asiente:
—Mientras la mala implementación del teletrabajo en el sector privado tiene consecuencias —pérdida de competitividad, de clientes, de ingresos—, en la Administración se agrava y permite que esos errores se cronifiquen y, además, el usuario no puede cambiar de proveedor. No tiene alternativa.
Todo esto mientras la UE afronta problemas, como su pérdida de competitividad y dificultades para sostener elmodelo económico, la respuesta sigue siendo más regulación —hasta la nimiedad de los tapones de plástico—, pero pocos análisis de resultados.
Regular el teletrabajo sin atender a estas realidades supone añadir rigidez a un sistema que necesita justo lo contrario. Convertirlo en un derecho homogéneo o en una obligación encubierta no mejora el funcionamiento del mercado laboral ni de los servicios públicos.
El marino concluye:
—Ni todo lo que vino de la pandemia era el futuro, ni todo lo que se regula mejora las cosas. Aunque el mercadoacaba corrigiendo lo que la política se empeña en estropear. La cuestión no es si corregirá, sino cuánto nos va a costar.